La ex-alumna Paula Martín durante
la emotiva narración
La última semana de mi quinto año, los profesores eligieron distintas maneras para despedirse. Cada uno con su estilo propio hizo algo personal en su última clase. Recuerdo que el profesor Durante nos leyó el siguiente cuento:
Había una vez en la China un maestro de Filosofía que se llamaba Chuang. Tenía un discípulo llamado Lin que sin abandonar sus estudios filosóficos trabajaba como tenedor de libros en una fábrica de porcelanas.
Un día Lin le dijo a Chuang:
- Maestro, mi patrón me ha estado reprochando agresivamente por las horas que pierdo según él, en abstracciones filosóficas y me ha dicho una sentencia que me dejó confundido.
- ¿Qué sentencia? – preguntó Chuang.
- Que “primero es vivir y luego filosofar” – contestó Lin - ¿Qué le parece, maestro?
Sin decir una sola palabra, el maestro Chuang le pegó una fuerte cachetada en la mejilla derecha y luego tomó una regadera y se fue a regar su duraznero que estaba lleno de flores primaverales.
Lin, sin resentimiento pensó:
- Seguramente esta cachetada debe tener un valor didáctico.
Durante los días que siguieron, fue colectando otras opiniones acerca del aforismo que le preocupaba. Preguntó a los comerciantes, a los manufactureros a los funcionarios de la Administración Pública. Y cada uno de ellos, desde el Primer secretario hasta los oficiales de tercera estaban de acuerdo en sostener que primero era vivir y luego filosofar.
Ya con mucha más seguridad Lin volvió a ver a Chuang:
- Maestro, durante un mes he consultado nuestro asunto con gente de la más variada experiencia. Y todos ellos están de acuerdo con mi patrón. ¿Qué me dice Ud. Ahora?
Meditativo y justo, sin decir una sola palabra, Chuang le dio una golpe de puño en la mejilla izquierda y luego se fue a estudiar su duraznero que ya tenía hojas verdes y empezaban a vislumbrarse algunas frutas.
Entonces, el chamuscado Lin, entendió que debía levantar la puntería de sus consultas.
Fue entonces a consultar con jueces, médicos, astrofísicos, generales y los más ostentosos representantes religiosos. Y afirmaron todos, bajo palabra de honor, que primero había que vivir y luego filosofar, si es que quedaba tiempo.
Muy animado Lin volvió a ver a Chuang y le habló así:
- Maestro, acabo de agotar la jerarquía de los intelectos humanos, y todos juran que la sentencia de mi patrón es tan exacta cómo útil. ¿Qué debo hacer?
Dulce y meticuloso, Chuang hizo girar a su discípulo de tal modo que le presentase la región dorsal y luego con geométrica exactitud, le ubicó un puntapié entre las dos nalgas. Luego, se acercó al duraznero, comenzó a quitar las hojas excesivas que no dejaban pasar los rayos del sol.
Lin, que había caído de frente al piso, con el rostro metido en la hierba pensó que aquel puntapié matemático no era otra cosa en el fondo, que un llamado a la razón pura. Se incorporó, le hizo una reverencia a Chuang y se alejó con el pensamiento fijo en la tarea que debía cumplir.
La verdad es que ahora a Lin no le faltaba tiempo ya que su jefe lo había despedido hacía tres días, harto de el tiempo que Lin dedicaba a sus interrogatorios filosóficos. Lin conocía por fin el verdadero gusto de la libertad. Ayunó durante tres días y tres noches y luego se instaló en una cueva. Hizo un círculo en la tierra y se instaló en el centro. Alejado de las posibles irrupciones terrestres, dibujó un círculo imaginario en la órbita de su pensamiento para no tener interferencias del orden psíquico. En el centro de ese círculo sólo cabía la sentencia: “Primero vivir, luego filosofar.”
Una semana entera permaneció Lin encerrado en su doble círculo. Cuando llegó el último día, se incorporó, hizo diez flexiones de cuerpo para desentumecerse y diez flexiones de cerebro para desconcentrarse. Luego tranquilamente, se dirigió a la casa de Chuang y luego de una reverencia dijo:
- Maestro, he reflexionado.
- ¿En qué has reflexionado?
- En aquella sentencia de mi ex patrón. Estaba en el centro del círculo y me pregunté: “¿Desde el comienzo hasta el fin, no es acaso la vida humana un accionar constante?”. Y me respondí a mí mismo: “En efecto, la vida es un accionar constante”. Me pregunté de nuevo: “¿Todo accionar del hombre no debe responder a un fin inteligente, necesario y bueno?” Y me respondí a mí mismo: “Sí, dices muy bien, Lin”. Luego volví a preguntarme: “¿Cuándo se ha de meditar ese fin, antes o después de la acción?” Y mi respuesta fue: “Antes de la acción; porque una acción libre de toda ley inteligente que la preceda va sin gobierno y sólo se convierte en estupidez o locura.” Maestro, en este punto de mi teorema me dije yo: “Entonces, primero filosofar y luego vivir.”
Lin no se animó a decir un solo sonido más. Se quedó con los ojos en el suelo, esperando la respuesta de Chuang, ignorando si tendría forma de cachetada, golpe de puño o patada. Pero Chuang, con el rostro que nada traducía, se dirigió a su duraznero, arrancó el durazno más hermoso, el más maduro, el más jugoso y lo depositó en la mano temblante de su discípulo.
Luego el profesor Durante, cerró el libro, y mirándonos con esos ojos profundos nos dijo: “Eso es lo que quise hacer en estos años, poner un durazno entre sus manos. Hagan con él lo que quieran.”.
Bueno, yo guardé mi durazno, y el carozo germinó evidentemente y echó sus raíces. Ese instante, quedó grabado para siempre en mi recuerdo y ese fue uno de los cuentos que dejaron en mí tal marca que hizo que muchos años después me convirtiera en contadora de cuentos. Muchas veces quise contar este cuento y si bien me acordaba la estructura del cuento, no me acordaba la pregunta que tenía el discípulo o sea su esencia. Leí muchas antologías de cuentos chinos, compré libros, visité bibliotecas, pero nada. Cuando se cumplieron veinte años de nuestro egreso y nos reunimos nuevamente los compañeros, pregunté otra vez si alguien se acordaba de esa pregunta. Fue mucha mi sorpresa cuando descubría que solo otra persona de los 44 que éramos se acordaba de ese momento y le pareció haber visto el cuento en un libro que fui a buscar pero era otro cuento, con otro durazno. Me llamó mucho la atención que un instante que a mí me había marcado, para otros pasó casualmente. Esto me sirvió para saber que cada vez que cuento un cuento, quizás a alguien entretenga, a otro le aburra a otro le encante y quizás a otro le cambie la vida y creo que es lo mismo con todo lo que hacemos a otros.
Ante la invitación a contarles algo hoy, sentí que éste era el cuento que quería contarles.
Aprovechando el feriado del lunes, llamé al 110 y pregunté por Vicente Durante, en zona Norte. Afortunadamente había uno solo. Llamé, era ahí, hablé con el hijo, el profesor no estaba. Llamé nuevamente más tarde y luego de explicarle la situación afortunadamente él recordaba el cuento pero no en qué libro estaba. Me dijo que se trataba de un cuento de Leopoldo Marechal (nunca en la vida lo iba a encontra en una antología de cuentos chinos) y se llamaba “Apólogo chino” pero no tenía idea en qué libro estaba, ni siquiera si estaba en un libro de Marechal o en una antología de otro autor. En los días que siguieron, busqué en internet en la biblioteca Nacional y por “Apólogo Chino” no aparecía nada y por Marechal 120 opciones. Empecé a chequear cada una de las 120 fichas y como veía que me iba a llevar una eternidad empecé a buscar en bibliotecas más chicas y librerías. Nadie concocía el cuento, nadie podía decirme en que libro estaba. Hoy fui a contar cuentos a una escuela y nuevamente le pedí a la bibliotecaria a ver si lo conocía. Me dedicó bastante tiempo pero sin suerte y me mandó a la biblioteca de Saavedra. Allí me atendieron muy bien, pero no encontraban en qué libro estaba. Pensé que si este era el cuento que debía contar esta noche, tenía que aparecer y si no es porque el cuento era otro. Volví a casa a chequear por internet una a una las 120 fichas de los resultados de la búsqueda en la biblioteca nacional. Y finalmente encontré en qué libro estaba: cuaderno de navegación. Comencé a llamar a las bibliotecas que me quedaban más cerca y terminé nuevamente en la de Saavedra sabiendo cuando me dijeron, sí, el libro está, lo tengo ahora entre mis manos.
Hoy a las cinco de la tarde, sentada en la biblioteca, abrí el libro y comencé a leer este cuento que es el primero del libro y se llama en realidad “Primer apólogo chino”. Las lágrimas comenzaron a caer, había esperado 24 años para reencontrarme con él.
Quizás sea hoy el día en qué la pregunta acerca de lo que es primero en la vida tengo un mayor sentido.
No es el mejor cuento de mi repertorio, apenas lo leí un par de veces y ya lo estoy compartiendo con ustedes.
Pero ese durazno sintetiza para mí los recuerdos de este lugar. Mis compañeros son el durazno, algunos profesores, y sobre todo las historias, las historias de las que estamos hechos son el durazno. No es un durazno de esos de ahora, telgopor con forma de durazno, es uno de los que había en el campo de mis abuelos en Baradero, que los sacábamos del árbol y le pegámos un mordiscón cuando todavía estaban calientes por el sol y que era imposible morder sin llenarse de jugo por todas parte.
Y hoy solo puedo hacer con este durazno lo mismo que recibí. Lo pongo entre sus manos, hagan con ğl lo que quieran.
Narrado por Paula Martín