
¡Qué lindo, llegar a casa! Después de un largo viaje, después de una jornada agotadora. ¡Qué lindo es encontrar todo ordenado, limpio! ¡Qué linda es la casa cuando uno la puede disfrutar a pleno en compañía de la familia o de los amigos! Pero... para que esto pueda suceder, todos los que vivimos y compartimos nuestra vida con ella debemos realizar ciertas tareas mínimas que nos resultan gratas porque sabemos cuál será el resultado; nos harán decir ¡qué lindo es estar en casa!
Que cada cosa esté en su lugar, que el baño esté seco y limpio para poder darnos una linda ducha; que la camisa nueva esté en el lugar donde la busco; que la sala sea un lugar agradable y no un revoltijo. Que si alguien viene a visitarnos de sorpresa, no sea necesario buscar debajo de camperas, papeles y mochilas una silla para ofrecerle.
Nuestra casa debe ser nuestro orgullo. No debe avergonzarnos por lo desordenada o sucia. La casa más modesta brilla como el sol cuando todo está como debe estar. En casa, no se nos ocurriría tirar el papel de una golosina al suelo. La cáscara de banana y los restos de comida tienen su lugar: el tacho de basura. Si tenemos que dejar un mensaje, no lo hacemos en la pared sino en un papel; no romperíamos vidrios o picaportes porque después deberíamos gastar de nuestro dinero para reponerlos o repararlos, pues de lo contrario sufriríamos frío o el peligro de que algún extraño entrara sin problemas.
Uno de los lugares donde pasamos las horas más lindas de nuestra vida es el colegio. ¡Qué lindo es llegar en marzo a la vuelta de vacaciones y encontrarlo pintado y limpio! El viejo edificio nos recibe siempre con algo nuevo o remozado. Nos dice: Me ponen lindo para que me quieras y me cuides.
Quienes lo cuidamos y adornamos, escuchamos los reclamos que él mismo nos hace cuando se siente
herido por las palabras escritas en sus paredes, asqueado por la basura que ensucia sus viejos pisos, enfermo por el frío de sus vidrios rotos. La alegría, cuando nos pide que lo engalanemos para recibir o despedir a las diferentes promociones.
Pero el personal no docente del colegio y el de mantenimiento escucha esa voz que los chicos también pueden escuchar. Y si cada uno de los alumnos escucha la voz y ayuda, simplemente tirando la basura donde corresponde, usando las cosas como se deben usar, reclamando y exigiendo que las aulas y los bancos estén limpios se evitarían enormes esfuerzos (y gastos) que podrían destinarse a otros propósitos.
Todos los alumnos pueden dar una mano, darse una mano a ellos mismos haciendo las pequeñas cosas necesarias para que todos podamos decir:- ¡Qué lindo es estar en el cole! ¡Tan lindo como estar en casa!.
Nora H. Ceriana