"Yo me hice en la calle". "En la calle aprendí todo lo que tenia que saber". "Yo egresé de la universidad de la calle"...
Hace mucho tiempo (el suficiente para que quien esto escribe lo haya podido escuchar), era frecuente oír a muchos ciudadanos exitosos jactarse de su cultura asfáltica. Tener calle tenia que ver con el dominio de habilidades y de picardías que les permitían sobrevivir y hasta triunfar en la "jungla de cemento".
Lo que estaba claro era que la calle, en su sentido más amplio, era portadora de ciertas virtudes pedagógicas que solían contraponerse a la enseñanza escolarizada, valiosa en si misma pero estéril a la hora de enfrentarse con la realidad. Y es que en la calle, en ese Afuera hoy tan temido, era donde se hacia el aprendizaje más importante, aquel que proporcionaba las herramientas y las estrategias para desenvolverse en el mundo, en la vida. La escuela y la universidad, mientras tanto, brindaban el saber teórico: eran el Adentro incontaminado, la ciencia pura (no por nada se llamaba claustros a las aulas}.
Pero en estos tiempos de pesadilla, donde nada ni nadie parece estar a salvo de las impiadosas políticas de ajuste a cualquier costo, se ha generado un punto de confluencia, una síntesis dialéctica entre aquellos dos mundos que años atrás estaban tan radicalmente diferenciados. Ese punto es la clase pública, el aula abierta.
Desde mediados de julio, el Colegio lleva realizados diez de estas clases públicas. El creciente malhumor social, la desfinanciación del sector público y sus consecuencias, la crisis del sistema educativo, entre otras cuestiones, fueron tema y motivo de esos clases. Pero, antes que los contenidos, tal vez haya sido más importante la voluntad de llevar adelante y de sostener -pese a las dificultades de organización y a la precariedad de medios- este método de protesta y de denuncia pública.
Decidimos sacar el aula a la calle porque sabemos que la calle es el espacio político por excelencia , y porque seguir con la discusión de las puertas hacia adentro no hace más que amargarnos la vida y potenciar nuestro desencanto. Hacerse oír es la cuestión, aunque a veces parezca que predicamos en el desierto y que le hablamos a una sociedad que, a pesar de estar tan golpeada, insiste en taparse los oídos y en guardarse la bronca.
Y es ese, precisamente, el mayor desafío para las clase pública. -La crisis arrasó, entre otras cosas, con la confianza en la lucha: la sensación de que nada va a cambiar, de que no hay otra alternativa que la resignación y el sometimiento, dio por tierra con aquel "optimismo de la voluntad" del que hablaba Gramsci como contracara del "pesimismo de la razón" y solo parece haber quedado la certeza fúnebre de la derrota... Los que todavía salimos a la calle, sin embargo, estamos dispuestos a seguir peleándola desde abajo, como podamos.
Necesitamos, eso sí, multiplicar fuerzas. La presencia, el compromiso activo de toda la comunidad, que ya se ha pronunciado reiteradamente a nuestro favor, y la articulación con otros movimientos sociales hasta hoy dispersos e inorgánicos, son condiciones imprescindibles para que nuestras acciones produzcan los cambios esperados.
Esta es nuestra convocatoria. Los que hoy, desde sus posiciones de poder, están llevando adelante sus planes de devastación social, muestran una cohesión y un espíritu de cuerpo envidiables. Es hora de que los enfrentemos con sus mismas armas y que de una vez por todas sepan que aunque hayan destruido al Estado, la sociedad civil esta viva. Y no se calla.